Les com0parto una imagen.

El 27 de febrero del año anterior al año uno de la era cristiana comenzó el sol cosmogónico del nahui ollin. Aquel año fue un año bisiesto por lo tanto febrero tuvo 29 días. si contamos los días que hay desde esa fecha hasta el 3 de mayo y seguimos la secuencia del tonalpohualli asumiendo que el 27 de febrero de aquel año fue un día 13 acatl llegaremos a la fecha 1-lluvia o 1-Tlaloc para el 3 de mayo. Esta asociación de Tlaloc al 3 de mayo como el día sincrético de la cruz me da pie a postular que los antiguos mexicanos durante el proceso de evangelización llegaron a establecer las fechas claves con el calendario juliano y llegar a determinar en un viaje hacia el pasado la importancia de aquel día 1-lluvia o 1-Tlaloc. Esta fecha entre los mayas era muy importante ya que era la que daba inicio a su año de 365 días o haab.
Si nos situamos en los inicios de la era cristiana el 3 de mayo era en realidad el 30 de abril astronómico de nuestra actualidad. Es decir que lo que veían en el Sol y sus movimientos era lo que hoy en el siglo XXI viéramos en el 30 de abril. Es ahí cuando surge un mayor significado aquella fecha pues es cuando el Sol cenital pasa por la zona de Copán en Honduras, el sitio en donde la distancia temporal entre dos pasos cenitales es exactamente de 260 días, un tzolkin maya o un tonalpohualli. La página del códice que ilustra este breve ensayo es el esquema del tonalpohualli en forma de CRUZ cuadrifolia. Esa es la cruz prehispánica que se sincretizó con la cruz cristiana. La cruz cosmogónica de nuestros antiguos mexicanos.
Todas las reacciones:
A quienes les gusta el estudio de la arqueoastronomía les recomiendo la lectura y el estudio del libro titulado: «HISTORIA DE LA ASTRONOMÍA EN MÉXICO». editado por el antiguo CONACyT. El compilador de esta obra estuvo a cargo de Marco Arturo Moreno Corral. En el segundo capítulo la arqueóloga y arqueoastrónoma Lucrecia Maupomé escribe un ensayo acerca de la astronomía entre los mayas y los pueblos mesoamericanos. «Reseña de las evidencias de la actividad astronómica en la América Antigua»
En este artículo la investigadora apunta de la existencia de un ciclo de 11960 días. Este ciclo corresponde al periodo que hay entre dos eclipse totales de Sol. Es un ciclo poco estudiado porque el que mas se conoce es el del ciclo de Saros de 18 años y once días.
El ciclo de 11960 día equivale a 46 veces 260 días, o sea el cumplimiento exacto de 46 series del tonalpohualli. Este detalle o coinc8idencia de un número exacto de series de 260 días sustenta aun mas que los antiguos mexicanos seguían una serie de días corridas sin detenerse de las combinaciones del tonalpohualli. 11960 día corresponde a 32 años mas tres cuartas pates de un año. La distancia que hay entre el eclipse del 11 de julio de 1991 y el de este 8 de abril de 2024 es de 11960 días. En el calendario tonalpohualli la misma fecha: 10 venado. Al ser 46 veces 260 día es lógico que se repita la mima fecha porque cada 260 día se repiten las mismas fechas en las combinaciones del tonalpohualli.
Si los antiguos mexicanos hubiesen llevado el día bisiesto el computo exacto se pierde, queda desarmonizado. Ya no serian 46 veces 260 días corrido con duración de 24 hrs cada día. En este pequeño ejercicio de análisis del tonalpohualli se demuestra que no es necesario el uso del bisiesto para llegar a determinar las fechas de eclipses futuros basados en el tonalpohualli y en este ciclo y otros mas. En las imágenes los símbolos del eclipse entre los mayas obtenidas del códice Dresde.
Dentro de unas horas tendremos la suerte de observar un eclipse total de Sol que se podrá observar en el Norte de la República Mexicana, los EUA y Canadá. Este eclipse es una réplica de aquel que tuvo lugar en la franja que pasó por el Valle de México el 11 de julio de 1991.

Si contamos los días desde ese 11 de julio de 1991 hasta el 8 de abril de este 2024 veremos que hay un total de 11960 días y esa cantidad de tiempo corresponde exactamente a 46 series del tonalpohualli. El dato es impresionante pues representa un número exacto de series del tonalpohualli: 46 de ellos. En las cuentas del tonalpohualli los dos eclipses por lo tanto tienen la misma combinación numérico- simbólica: 10 venado. Los días en el tonalpohualli se repiten cada 260 días. Este detalle es una prueba mas de que el calendario antiguo de México se computaba día a día en periodos de 24 horas exactas o de un amanecer a otro amanecer. De no hacerlo así se rompe la magia y el aspecto «sagrado» de la cuenta del tonalpohualli. Esto lo digo porque en la cuenta de los años no pudieron existir días alargados cada cuatro años como lo proponen algunos arqueólogos, o sea que nunca se computó el bisiesto y menos de esa manera entre los antiguos mexicanos.
Todos sabemos que los eclipses de Sol se pueden repetir en momentos de lunas nuevas, esto quiere decir que si en el eclipse de 1991 hubo luna nueva, en el eclipse del 2024 la habrá de nuevo. Siendo así calculemos el número de lunas nuevas que hay entre estos dos eclipses y daremos que en 405 periodos de lunas nuevas habrá una réplica de un eclipse. Este ciclo difiere al famoso ciclo de Saros conocido desde la antigüedad por los pueblos del Mediterráneo y que equivale a un periodo de 223 lunas nuevas. Este eclipse del 2024 es también una réplica del eclipse del 29 de marzo del año del 2006 que se pudo observar desde Brasil hasta Mongolia pasando por África y Asia central. Corresponde a la serie de Saros tomando como referencia al 29 de marzo del 2006.

Pero aún hay mas, como decía mi tocayo, pues este eclipse que vamos a observar este 8 de abril del 2024 también es una réplica de otro que se dio el 2005 y sucedió justo el 8 de abril. Esta series de eclipse corresponde a ciclos exactos de 19 años, se suceden en un espacio de tiempo de 235 lunaciones.
Con esta información no nos queda mas que disfrutar del eclipse de este 8 de abril y maravillarnos del conocimiento de la astronomía de los antiguos pueblos de todo el mundo. Y por último recuerden que cada que hay un eclipse de Sol hay dos eclipses de Luna que se suceden dos semanas antes y dos semanas después del eclipse de Sol.
Esquema del año de 1403, inicio de un fuego nuevo de 52 años.

En este esquema se demuestra que el 13 de marzo de 1403 inició un fuego nuevo justo en el equinoccio de primavera. El 13 de marzo de 1403 correspondería al 21 de marzo gregoriano.
Los aztecas estaban cerca de llegar al día 1 serpiente del año 3-casa, en el calendario de los recién llegados sería la madrugada del martes 13 de agosto de 1521. Desde que llegó el Sr. Hernán Cortés y se saludó con Moctezuma Xocoyotzin se veía que venían tiempos difíciles, tiempos de guerra.

La mala noticia de la matanza de Cholula ocurrida a mediados de octubre de 1519 era un mal presagio para los aztecas. Durante el encuentro de Cortés con Moctezuma el 8 de noviembre de 1519, día 8 viento en el cómputo azteca, la situación era muy clara, los españoles venían por todo y principalmente por el metal amarillo, el oro.
Nunca se sabrá si Moctezuma escondía un gran tesoro, pero esa idea, que pululaba en las mentes de los españoles, hizo que después de muerto el monarca se fueran sobre su sucesor: Cuauhtémoc. Los españoles lo llevaron de aquí para allá para que les dijera en donde estaba el mentado tesoro pero nada de él se supo y Cuauhtémoc murió atormentado por sus captores años después de la última batalla.
Los aztecas eran eminentemente muy supersticiosos y a pesar de que manejaban muy bien los ciclos de los astros en términos astronómicos también les daban significados astrológicos a sus movimientos y creían en sus influjos sobre los seres humanos, los días con sus signos durante el nacimiento tenían atributos benignos y malignos. Ellos creían que si nacías en tal o cual signo de su veintena de días serías de tal o cual manera de ser. Ellos creían que podían adivinar tu destino y por eso a su calendario también se le llamaba el libro de los destinos, el tonalpohualli, que literalmente significa el libro de los días.

Cuando Hernán Cortés llegó a estas tierras los mexicas pensaron que su deidad principal y héroe cultural había regresado. Habían visto en el cielo algunos fenómenos celestes que para ellos presagiaban algo no muy alentador. En algunos relatos del siglo XVI se lee que se había visto un cometa y eso no presagiaba nada bueno.
Más antiguamente se creía que si no realizaban bien el ritual del fuego nuevo unos seres caídos del cielo llamados tzitzime castigarían a los seres humanos. Al parecer nunca sucedió eso pero así lo creían.
Los nombres de los días y los nombres de los años tenían fuertes significados y fue así que el año en el que llegaron los europeos con sus naves a tierra firme, caía el año ce acatl, uno-caña, el mismo año del nombre esotérico de Quetzalcóatl Ce Acatl, Topiltzin. El Quetzalcóatl que abandonó a los toltecas en un año Ce acatl y que dijo que regresaría. ¿Habría regresado el Quetzalcóatl de aquella época a vengarse de los malos comportamientos de su pueblo que no quería dejar la práctica de los sacrificios humanos? El Quetzalcoatl de aquella época le había dicho a su pueblo que era mejor sacrificar mariposas.
Los aztecas al parecer creyeron que había regresado aquella deidad y confundidos llevaron a Cortés a su templo y ahí le mostraron sus riquezas que había dejado. Inmediatamente el oro brillo a los ojos de los españoles, el oro que tanto adoraba también Quetzalcoatl.
Demasiado tarde se dieron cuenta que el Dios esperado no era aquel. Se dice que Moctezuma fue apedreado por su propio pueblo por mostrar cobardía ante los recién llegados y no mostrar resistencia alguna. El caso es que murió y le sucedió Cuauhtémoc, el hijo de Ahuizotl. El último emperador azteca fue torturado hasta la muerte para que dijera en donde estaba el tesoro de Moctezuma.
Pero años antes de la muerte de Cuauhtémoc los aztecas dieron la batalla al ejército extraño, sería la última de las batallas debía darse en una fecha cuyo final estuviera enmarcada por un significado esotérico, astrológico: en la madrugada del 13 de agosto de 1521, día uno serpiente para que al otro día amanecieran con el día dos muerte. Probablemente los aztecas pensaron que el día muerte era para los españoles pero no fue así. La historia ya la sabemos y está contada de en muchas partes en textos antiguos del siglo XVI.
En este breve ensayo les contaré que ocurrió ese 13 de agosto de 1521 en términos astronómicos y porque los aztecas le apostaron mucho a ese día para dar la última de sus batallas.
El ciclo de Venus en medio de la batalla entre los mexicas y las tropas de Hernán Cortés.
El Planeta Venus fue muy venerado por los pueblos mesoamericanos desde hacía varios milenios, desde el origen del calendario. Lo representaba Quetzalcóatl, el héroe cultural de América. Todos los pueblos antiguos mesoamericanos sabían que este planeta tenía un ciclo de 584 días en los que aparecía, desaparecía y volvía a parecer por el mismo horizonte, ya fuera el oriental o el occidental.
También Venus entre los aztecas era representado por una deidad llamada Tlahizcalpantecuhtli que del náhuatl se traduce como el señor de la casa de la luz y que bien puede ser traducido como el señor de la región del amanecer. Esta deidad tenía atributos asociados a la guerra y se le dibujaba en los códices como un personaje con el rostro de la muerte ataviado con sus instrumentos de combate.
Para el 5 de agosto del año de 1521 Venus debía haber estado en una conjunción inferior. Las posiciones de los astros serían estas: Sol-Venus-Tierra.
Había transcurrido un ciclo de 584 días, de otra conjunción inferior, contados a partir del final de diciembre del año de 1519, el año en el que Moctezuma se encontrara frente a frente con Hernán Cortés y para acabarla de “amolar” el año 1-carrizo, que como se dijo anteriormente era el nombre esotérico calendárico de Quetzalcóatl que se había despedido de los Toltecas en el año 999 d.C.
La última de las batallas pareciera ser una guerra programada bajo el marco de un ciclo sinódico de Venus. Una guerra anunciada como si fuese un encuentro pugilístico de gran envergadura. Dos grandes culturas se iban a enfrentar y esta confrontación estaría enmarcada por una interpretación astrológica en la que Venus en el firmamento sería el réferi de la contienda.
El 5 de agosto de 1521 a Venus no fue posible mirarlo pues se encontraba a la misma altura en su salida por el oriente del Sol, lo que le llaman pomposamente los arqueoastrónomos, el orto Heliaco, la potente luz solar impide ver a este planeta brillar al mismo tiempo. Para poder mirar a Venus salir por el horizonte es necesario esperar aproximadamente 8 días de manera que esta “estrella” se miraría sin dificultad alguna para un observador terrestre al amanecer del 13 de agosto de 1521.
Durante los últimos minutos de la madrugada del 13 de agosto Venus debió haber sido posible mirarlo por algunos minutos, el Sol aun no “salía” y dejaría que en el firmamento oriental lo dejara brillar. Después el Sol, que ya estaba por salir, impediría que su brillo siguiera estando presente mucho tiempo más después del amanecer.
Venus apareció aquel día al amanecer en la transición de la madrugada del 13 de agosto al amanecer. Durante y antes del amanecer era el día 1-serpiente y al amanecer el día 2 muerte. Las fuentes del siglo XVI hablan de que la última batalla, la caída de México Tenochtitlan sucedió el día mexicano 1-serpiente.

Tenochtitlan había caído después de haberla defendido los valerosos aztecas. Los dioses no habían estado de su lado y principalmente Tlahiuizcalpantecuhtli, la deidad de la guerra, el representante guerrero del planeta Venus, el señor de la región o la morada de la luz.
Este artículo es parte de mi libro titulado: «1508, los fuegos del tiempo»
Procedencia sudamericana del tonalpohualli
La cuenta sagrada de los 260 días, tan utilizada durante la época prehispánica en toda la zona mesoamericana, por culturas como la olmeca, la zapoteca, la maya, la mixteca y la mexica, entre otras, podría haberse originado en latitudes diferentes en donde estos pueblos habitaron.
Sé que es un pensamiento a contracorriente porque la mayoría de los investigadores sostienen que fue un calendario nacido en Mesoamérica. Pero existen algunos elementos de peso que señalan a la región de Sudamérica como la cuna de este calendario, concretamente, en las costas y selvas que colindan con la cordillera de los Andes, en Perú, Ecuador y Chile.
Voy a explicar esta posición. El habitante prehistórico de la amazonia sudamericana, que vivía de los recursos de la selva, vio en la montaña un mejor hábitat, alejado de las fieras y de los inconvenientes naturales de la jungla. Ya instalado en la montaña este ser humano cambió su forma de vida y necesitó domesticar en las alturas algunas especies de plantas comestibles extraídas de su paraíso perdido. El nuevo ser humano se estaba convirtiendo en un individuo sedentario y con ello conocedor de las estaciones y del tiempo.
Un nuevo reto representó cruzar las nieves andinas, las alturas en donde se escondían las nubes. Pero una vez superado este desafío pudo establecerse en las orillas occidentales de la cordillera, más cerca del mar, y con ello ir al descubrimiento de la pesca y de la navegación marítima.
Por lo tanto, el antiguo habitante de la región andina fue un profundo conocedor de cuatro diferentes estilos de vida: la selva, la montaña, la costa y el mar. La historia arqueológica de estas regiones apunta en ese sentido. La domesticación de animales y plantas para el consumo humano extraídos de la selva desde hace más de 10 000 años revela la antigüedad de estos seres. Plantas como el maíz, la calabaza, el chile, el cacahuate, el cacao, asociadas automáticamente a las culturas mesoamericanas e imprescindibles en su alimentación y mitología, fueron domesticadas en la región andina, provenientes de la selva, desde hacía tiempo antes de que en la zona mesoamericana formaran parte de su uso cotidiano y de su discurso ritual.[1]
Por eso, la región andina debió de haber sido una especie de Mesopotamia de América, y de alguna manera también del mundo, y en donde surgió probablemente un polo de difusión de la cultura astronómica.
Así mismo, elaboraciones mitológicas tan profundas y complejas, como las asociadas al agua, la lluvia o al maíz, al parecer fueron producidas primero en los Andes y, posteriormente, exportadas y recreadas en Mesoamérica. De allí que deidades de un alto valor significativo, como Tlaloc y Quetzalcoatl, tienen un paralelismo con sus homólogas andinas de las culturas de Tolita,[2] Chavín de Huantar,[3] Tiahuanaco[4] y Nazca.[5] En las mismas lenguas nativas hay algunas palabras que en cuanto a su sonido poseen el mismo significado en una cultura y otra.[6]
También las imágenes dibujadas en las cerámicas de las culturas peruanas de Mochica[7] y Paracas,[8] semejantes en cuanto a su compleja elaboración, refuerzan la idea de que efectivamente en un remoto pasado existió una fuerte conexión cultural entre el norte y el sur del continente americano. Pero quizá lo más sorprendente es que las latitudes en donde el tonalpohualli aparece como una secuencia de 260 días, asociado a los pasos cenitales, corresponde a dos grandes polos de difusión de la cultura andina y mesoamericana: Nazca y Copán, respectivamente.
Nazca, ¿la cuna geográfica del cómputo astronómico del tonalpohualli?
La ciudad de Nazca está situada en Perú, en América del Sur, en el paralelo 15°. Ubicada en el departamento de Ica, Nazca es una región desértica en donde se desarrolló una gran cultura. Uno de los vestigios más conocidos de esta cultura son sus famosas pistas, que son alineaciones de piedras que se extienden por esta planicie y que, según el astrónomo norteamericano Paul Kosok, y la matemática y astrónoma alemana Maria Reiche Neuman, constituyen una especie de urdimbre ligada a la astronomía y a los calendarios precolombinos.
Las líneas de Nazca son un libro abierto en donde se puede estudiar la antigua astronomía prehispánica. En este sentido, el tonalpohualli quedó registrado, no en forma de códice o estela, a la manera de los olmecas, zapotecas, toltecas, mayas y aztecas, sino por medio de grandes líneas dibujadas en la superficie de una extensa planicie, donde se realizaban cálculos astronómicos asociados al cómputo del año. Nazca es, justamente, el sitio geográfico en Sudamérica en donde se da la secuencia de 260 días en función de los pasos cenitales.
Por otro lado, Nazca fue también una región difusora de una gran cultura, así lo demuestra la gran cantidad de objetos arqueológicos, cerámicas, textiles y entierros que se han hallado en ese lugar y en las áreas de su influencia. Pero ¿hasta dónde llegó su predominio?
Estamos acostumbrados a considerar a las culturas preamericanas como entidades aisladas, como culturas que poco o nada tienen que ver entre ellas. Sin embargo, considero que esto no es así. Por ejemplo, el estudio sistemático del área mesoamericana revela el coherente tejido de la trama espacio-temporal que articuló vastas regiones superando las particularidades étnicas de cada una de ellas.
De la misma manera, en la zona centroamericana y sudamericana las sociedades antiguas también estaban acopladas en una misma urdimbre cultural, dominada por los mayas y los nahuas al norte, y al sur por los mochicas, aimaras, huaris e incas. Entonces, no es nada aventurado creer en la posibilidad de que toda la América precolombina estuviera profundamente cobijada bajo el mismo techo cultural que permeaba la vida cotidiana de los antiguos americanos. O por lo menos, en lo que se refiere a los conocimientos astronómicos, estoy seguro de que ellos sí estaban conectados.
Una escena hipotética de esa época podría ser la siguiente. Un grupo de seres ocupados en la astronomía deambulaba de un lugar a otro a lo largo del continente, y en este sentido las costas occidentales eran una de las rutas naturales preferidas para buscar ciertas posiciones solares, como los solsticios, los equinoccios y los pasos cenitales. Este grupo de sabios compartía su conocimiento con colegas de otras culturas. Quizá quienes se encargaban de tal actividad eran los toltecas,[9] un linaje de estudiosos de la ciencia y de las artes que a lo largo de toda Mesoamérica y Sudamérica iba depositando sus conocimientos entre los pueblos. La presencia de la greca escalonada como el símbolo del héroe civilizador de América, Quetzalcoatl, en el norte, y Wayracocha, en el sur, es uno de los elementos clave de esta relación.
El hallazgo de determinados datos astronómicos ligados a sus sistemas calendáricos fue sellado con la construcción de grandes ciudades en Mesoamérica y en Sudamérica. Los datos astronómicos fueron: el seguimiento del Sol en sus pasos cenitales y la cuenta de los 260 días.
Una clave para sustentar esta afirmación está en la relación que existe entre dos regiones americanas: Nazca y Copán, en Perú y Honduras, respectivamente. Estas dos ciudades son altamente significativas en el ámbito arqueológico, pues en ellas se encuentran portentosos vestigios de las culturas que prosperaron en tierra peruana y en la región maya, asociados principalmente al estudio de la astronomía prehispánica. Ambas ciudades representan, efectivamente, regiones paralelas en donde se asentaron las culturas que desarrollaron de manera sistemática los calendarios a partir de rigurosas observaciones astronómicas.
En Copán están las fuentes más prolíficas de la escritura maya: majestuosas estelas talladas en piedra reflejan el paso del tiempo que los mayas querían dejar para la posteridad. En Nazca, cientos de kilométricas líneas dibujadas en los desiertos señalan las posiciones que sobre el horizonte proporcionan algunos astros, siendo el Sol el de mayor estudio. Las líneas son las comprobaciones de los cálculos astronómicos acerca de las salidas o puestas de Sol, o de algún otro astro en determinada época. Los animales y plantas dibujados en las arenas del desierto proceden en un gran porcentaje de la selva y sirven como referencias nemotécnicas para localizar ciertos arreglos significativos de trazos geométricos.
Nazca y Copán están localizados en las inmediaciones del paralelo 15°. El primero al sur de la línea ecuatorial, y el segundo al norte. El hecho de que estén a la misma distancia del ecuador tiene un significado especial, pues en estas dos regiones se presenta un fenómeno astronómico que está asociado a la cuenta de los 260 días del tonalpohualli: los pasos cenitales del Sol, es decir, los días en los cuales el astro rey se encuentra en su posición perpendicular y, por lo tanto, más alta respecto a un observador terrestre. Estos pasos cenitales sirvieron de referencia para computar los 260 días del tonalpohualli. Tanto en Copán[10] como en Nazca se puede observar el transcurso de 260 días entre dos pasos cenitales. Igualmente, en ambas zonas el solsticio de verano sirve como el pivote de referencia para la sistematización del cómputo de estos 260 días.
En Nazca, el verano se registra el 21 de diciembre; y en Copán, el 21 de junio. Los pasos cenitales para Copán se dan el 13 de agosto y el 29 de abril. Entre estas dos fechas hay 260 días.[11] Los pasos cenitales para Nazca se dan el 12 de febrero y el 29 de octubre.[12] También entre estos dos momentos hay 260 días. Tanto en Nazca como en Copán, los 105 días restantes para completar los 365 días del año tienen al solsticio de verano como la fecha central.
Si consideramos un año común de 365 días notaremos que del 12 de febrero[13] al 29 de octubre[14] se suceden 260 días, en estas fechas se registran los pasos cenitales para la región por la cual cruza el paralelo en donde se localizan las misteriosas pistas del Nazca.
Después de estos 260 días faltan 105 días para completar el año. Un total de 52 días, del 30 de octubre al 20 de diciembre, otros 52 días, del 22 de diciembre al 11 de febrero, y el 21 de diciembre queda como el día pivote que corresponde al inicio del solsticio de verano para las regiones andinas.
En el terreno de la arqueología la serie de los 260 días está presente en dos quipus descubiertos en Paracas, localidad situada cerca de Nazca, en Perú. Uno contiene la cifra 260 y otro la de 584, ésta última asociada al periodo sinódico de Venus.[15]
Como se sabe, el tonalpohualli constaba de 260 días, los cuales estaban formados por la combinatoria de trece números y veinte símbolos. Tanto los números como los símbolos estaban representados por elementos de la naturaleza, o bien por objetos culturales. En el caso de los números es interesante observar que los dos primeros, el uno y el dos, están dedicados al colibrí, aquella avecilla tan bellamente representada en el desierto de Nazca.
Para los aztecas, este pequeño animal fue el guía que los ayudó a descubrir la región en donde se asentaron después de una larga peregrinación. El colibrí izquierdo, que en legua nahuatl se dice Huitzilopochtli, era su guía. En este punto llama la atención el hecho de que las palabras colibrí y Sol en el idioma quechua tengan casi la misma pronunciación: cinti e inti, respectivamente.
En lo que respecta a los símbolos que se utilizan en el tonalpohualli, existen sus equivalentes trazados en las arenas del Nazca, como el cocodrilo, la lagartija, la serpiente, el perro, el mono, el puma, un felino, que pudiera estar asociado al jaguar de la zona maya, el cóndor y la flor.
[1] La antropóloga Janet Long dice que en América del Sur se calcula que se originó la planta del chile, “en un remoto pasado histórico”. Y que llegó a Mesoamérica, como planta silvestre, “hace miles de años”. Ver, La Jornada, 7 de julio de 2005.
[2] La cultura de Tolita, situada en Ecuador, ha dejado arqueología en cerámica que es idéntica a la elaborada en Teotihuacan. Según Carlos Milla (Ayni, Semiótica andina de los espacios sagrados, Lima, Amaru Wayra, Asociación de Investigación y Comunicación Cultural Andina, 2005), se trata de “ceramios didácticos” que los antiguos andinos usaban para la práctica quirúrgica. Las piezas en cuestión son representaciones humanas en barro, algunas de cuyos cuerpos están abiertos a manera de cajita, y dentro de ella se observan figuras de los órganos internos del ser humano. La arqueología mexicana denomina “figuras anfitrionas” a las piezas de Teotihuacan, que son iguales a las de Tolita. Ambas imágenes, tanto las del Ecuador como las de México, poseen los mismos rasgos faciales: ojos alargados, frente amplia, cejas largas y boca entreabierta. La forma del rostro de estas cerámicas es muy parecida a las caritas sonrientes de las culturas del golfo de México.
[3] La arqueología de este lugar establece ciertas asociaciones con las imágenes de Tlaloc, la deidad de la lluvia. Al respecto es muy elocuente un monolito llamado Kuntur Huasi, hallado en el departamento de Ancash, en Perú. El diseño de este monolito se parece mucho a Tlaloc: ojos redondos, bigotes, barbas y los característicos colmillos felinos. En Sechín, también en Ancash, se han localizado litoesculturas semejantes estilísticamente a las imágenes de los llamados danzantes de Monte Albán, de manufactura zapoteca. Por último, los monolitos de Chavín, como la Estela Raimondi, el Obelisco Tello, el Lanzón y las Cabezas Clava, son un testimonio evidente de la influencia iconográfica de esta cultura sudamericana con sus homólogas mesoamericanas.
[4] Tiahuanaco, una de las culturas madre de la civilización andina, donde surgió el estilo arquitectónico de Machu Picchu, fue habitado por los grupos de lengua aymara. Esta cultura se localiza en los alrededores del lago Titicaca y es ahí donde resulta sugerente la existencia de los monolitos de Kalassasaya, parecidos a los Atlantes de Tula, en Hidalgo.
[5] La región de Nazca es rica en arqueología y en este ámbito es relevante la presencia recurrente del diseño de la greca escalonada, imagen abstracta que en México está asociada a Quetzalcoatl.
[6] El investigador José Corona Núñez sostiene que hay cierta semejanza fonética entre el quechua y el purembe de los tarascos, ubicados en la región occidental mesoamericana. Yo creo que, además, hay semejanza semántica. Por ejemplo, Curita-caherí, es la palabra en purembe para Venus, y significa “el gran sacerdote del fuego”. Según el diccionario quechua Simi Pirwa, kuri, quiere decir oro, y como se sabe Venus estuvo asociado a este metal precioso. La palabra kurichasqa, significa lo dorado, y está compuesta de kuri, oro, y chasqa, estrella, muy probablemente asociada a Venus antes que al Sol.
La palabra qura significa en quechua hierba o vegetación. Recordemos que el vocablo hierba era utilizado por los antiguos mexicanos para designar al año. Así mismo, la palabra quechua kuraq, que quiere decir superior, puede estar asociada al gran fuego, que en purembe se dice Curicaueri.
[7] La cultura Mochica tiene diseños de los días del calendario mesoamericano, como la serpiente, el ocelote, el perro, el venado etc., elaborados con la técnica de mosaicos al estilo mesoamericano y en los que se advierte la presencia de piedrecillas turquesas.
[8] La cultura Paracas tiene el mismo origen que la cultura Nazca. En la región de Paracas se pueden encontrar evidencias del contacto con la cultura mesoamericana a partir del estudio de los quipus. En Paracas se han localizado ceramios que, en términos iconográficos, son similares a los diseños teotihuacanos de Tlaloc.
[9] Este linaje de seres humanos se parece mucho a los antiguos fenicios. Entre las afinidades culturales de ambos pueblos está el dedicarse a la difusión de las artes y de las ciencias, y de realizar actividades mercantiles. Su nombre, tolteca, la gente del tule, quizá provenga de una curiosa particularidad de este pueblo que utilizaba el tule para un sinfín de objetos de uso cotidiano, desde un simple petate hasta una embarcación, semejante a la que hoy día todavía elaboran los Uros, en el lago Titicaca, en Perú, o a los caballitos de mar, en Egipto. El tule también era usado en la fabricación de sus casas. A propósito, pueden verse aún construcciones de este tipo en lugares tan lejanos como Irak, cuna de la civilización occidental. Se trata de casas hechas de un material semejante al tule, como a las que hay en los sellos de barro encontrados en la región mesopotámica. En México, la casa de tule estaba hecha con paredes de tule llamadas tolchimal, escudo de tule.
Por otra parte, es revelador que el vocablo fenicio proceda de una voz griega que significa púrpura, debido a que estos antiguos habitantes se vestían con prendas pintadas con este llamativo color. El mar Rojo, ubicado en las costas de la península arábiga, es una más de las asociaciones cromáticas del púrpura con este pueblo que utilizaba esta ruta para el comercio. El púrpura era extraído de un caracol marino muy parecido al caracol con el cual teñían sus prendas y textiles los incas y los mixtecos; Quetzalcoatl era vestido en los códices con atuendos púrpuras, como lo hizo notar la investigadora Celia Nutal. El caracol, tanto para los fenicios como para los toltecas, era un símbolo de fertilidad. Quetzalcoatl lo lleva como insignia en el pecho, colgado de una cuerda. El héroe cultural de América era representado gráficamente con una abundante barba, cuyo estilo de dibujo es semejante al que hacían los fenicios.
[10] “El recorrido ida y vuelta del paralelo 15 latitud norte, el día 15 de agosto, hacia el trópico de Capricornio y regreso al paralelo 15 latitud norte, el día 30 de abril, es de 260 días.” Carlos Margain, “Sobre sistemas calendáricos mesoamericanos”, en Thesis, México, UNAM, 1982.
[11] En su artículo “La observación celeste en el pensamiento prehispánico”, el investigador Jesús Galindo Trejo señala la importancia de estas fechas en el área mesoamericana y describe cómo la pirámide del Sol, en Teotihuacan, se encuentra alineada con el disco solar los días 29 de abril y 13 de agosto. Trejo observa en Chichén Itzá que durante el atardecer la ventana central del caracol está alineada al 12 de febrero y 29 de octubre. Si bien dichas fechas están referidas a alineamientos en función de las salidas y puestas del Sol, es evidente su conexión con los pasos cenitales del astro rey. Las fechas 29 de abril y 13 de agosto están vinculadas a Copán, pero del 12 de febrero y 29 de octubre no se ha establecido ninguna relación. Desde mi punto de vista, estas últimas fechas están ligadas al paso cenital por el paralelo en que se encontraba la antigua ciudad de Nazca.
[12] En las fechas 12 de febrero y 29 de octubre se alinea la pirámide del Sol en la zona de Teotihuacan, en México. Este hecho no es producto de la casualidad sino que habla de una interrelación muy profunda entre las culturas del norte del ecuador terrestre y las ubicadas al sur; en este caso, Teotihuacan y Nazca. Es importante hacer notar que el punto de referencia con el cual comulgan estas dos áreas tan distantes es una cuestión cultural en el que está implicado la secuencia de los 260 días. Por lo tanto, dicha secuencia no es una conformación natural que se hubiera descubierto en todas las civilizaciones preamericanas.
Se puede decir, entonces, que la pirámide del Sol, en Teotihuacan, está orientada con el propósito de marcar los días en los que en el paralelo por donde cruza la zona de Nazca se dan los pasos cenitales que producen una distancia temporal de 260 días. La cultura Tolita, en el sur de Ecuador, en Sudamérica, puede ser la clave para rastrear la relación que existía entre estas dos áreas, pues tanto en Teotihuacan como en Ecuador se han encontrado unas curiosas figurillas de barro que contienen en su interior, a manera de caja, los órganos internos de un ser humano (ver infra nota de pie 32). Así mismo, se han localizado esculturas pétreas que recuerdan el diseño de Tlaloc.
En un artículo de Daniel Flores Gutiérrez (“Aspectos astronómicos del inicio del año prehispánico”), del Instituto de Astronomía de la UNAM, se observa un diagrama de las posiciones del Sol en pares de fechas, que distan mutuamente 260 días. En febrero y octubre el Sol sale de un mismo punto en el horizonte de acimut 105º, y en abril y agosto, con acimut 285º. El investigador precisa que las fechas son: “el 12 de febrero y 28 de octubre cuando el Sol sale con un acimut de unos 105º, así como el 29 de abril y 12 de agosto, cuando el Sol se oculta con un acimut de 285º.
[13] Debido a la corrección gregoriana, que ocurrió a finales del siglo XVI, el 12 de febrero corresponde en la época prehispánica al 2 de febrero. Esta fecha quedó en el recuerdo de los pueblos indígenas tanto de Mesoamérica como de la zona Andina, y actualmente se celebra como la fiesta de la Candelaria. Es, sin duda alguna, una fecha calendárica asociada a la cuenta del tonalpohualli. Astronómicamente está sustentada, y culturalmente representa una de las festividades de mayor convocatoria. En México es un día dedicado a la madre de Cristo, María, bajo la advocación de la virgen de la Candelaria, y también a su recién nacido, el niño dios. En Veracruz, la fecha es toda una institución comunal que paraliza a la región de Tlacotalpa; y en Xochimilco, al sur del valle de México, se da el cambio de mayordomo del Niñopa, niño dios que recuerda el nacimiento del año prehispánico, de acuerdo a las informaciones de Sahagún. Por su parte, en Perú, la región indígena de Puno recuerda esta fecha con una gran festividad con danzas y música dedicadas a la virgen de la Candelaria; y en Arequipa, es notable el culto a esta virgen que recibe en esta región el nombre de la virgen de Chapi.
Por otra parte el 2 de febrero de 1559 iniciaba un fuego nuevo al estilo tolteca y estaba asociada a una secuencia de 1508 años que tuvieron su inicio en el año anterior a la era cristiana, fue de alguna manera el ciclo que de los xochimilcas seguían utilizando durante el periodo colonial.
[14] El 29 de octubre corresponde en la época prehispánica al 19 de octubre, que es el día central de la festividad del Señor de los Milagros, el Cristo crucificado, que se celebra en Lima, la capital de Perú. En conclusión, es probable que las fechas 2 de febrero y 19 de octubre estén asociadas a un proceso sincrético que envuelve a la cuenta sagrada del tonalpohualli.
[15] Ver de William Burns Glynn, Decodificación de quipus, Lima, Banco Central de Reserva del Perú y Universidad Alas Peruanas, 2002. Este investigador de origen inglés y afincado en Perú desde 1959, no ha asociado que la cifra 260 también está relacionada con el ciclo venusino y solar, y no sólo al periodo sinódico del planeta Marte, como él cree, porque, según su explicación, “era una tercera parte del ciclo de Marte a 780 días” (p. 172).